Seeking to Learn – Spanish Version

Buscando aprender

CHRIS HARRISON

Translation by Juan Escobar

Parte 1

“Fui a El Salvador a ver que hallaba, sin ideas fijas, únicamente con el deseo de aprender. La experiencia fue fantástica”.

Nota del editor: Estamos inmensamente agradecidos con Chris por compartir con franqueza sus vívidos recuerdos de servir por dos años en El Salvador, durante la guerra civil. Su memoria para los nombres, fechas y lugares es admirable. Abundante información y volúmenes de archivos de fotos están disponibles sobre varios meses de actividades, entrevistas y comunicaciones. Esta es una historia resumida en tres partes que apenas roza la superficie de las experiencias de Chris.

Tras crecer inmerso en un pequeño y remoto pueblo en Inglaterra, mostrar un pensamiento y actitudes divergentes era algo inaudito en el mundo de Chris. Incluso cuando era un niño, esa perspectiva provinciana e inaceptable nunca le sentó bien; siempre la desafió . Una vez en la universidad, su mundo estalló por causa de pensadores y puntos de vista alternativos. Aquí, él prosperó y se adentró en sí mismo.

Cuando le llegó la oportunidad de visitar y vivir experiencias en El Salvador durante la guerra civil, este acontecimiento lo catapultó hacia la acción. Este hecho lo cambiaría a él para siempre. La vida en un país en vías de desarrollo y devastado por la guerra, muy diferente al recuento presentado en las páginas de los libros de texto, se apoderó de su alma. Así, al volver a la universidad, cambió su disertación de tesis para hablar de este suceso. Luego, obsesionado por lo que había visto dos años antes, Chris abandonó su lucrativo trabajo en el campo de las tecnologías de la información (TIC) y regresó por segunda vez a trabajar como voluntario en un campo de refugiados —dirigido por jesuitas— para gente que había sido forzada por los militares a abandonar sus hogares. Aquí, él desempeño innumerables funciones, desde realizar labores de partera a recoger civiles heridos en zanjas para poder tratarlos en el hospital. Una de sus tareas más recientes incluyó acompañar a gente de la localidad que volvía para reconstruir sus comunidades.Chris tuvo la buena suerte de interactuar con algunas de las personas más valientes y leales del lugar: humildes pobladores locales, personal internacional dedicado y salvadoreños influyentes, incluyendo los sacerdotes jesuitas que fueron asesinados más tarde en la Universidad Centroamericana (UCA). Por tal razón, su martirio se celebra siempre anualmente con un vigilia de velas en la universidad.

La vida de Chris se transformó para siempre como resultado de El Salvador: en primer lugar, intelectualmente; en segundo lugar, pragmáticamente, y en tercer lugar, espiritualmente.

Aquí comienza su cautivadora historia:

Fui criado como hijo único. Nací en 1959 en un parroquial pueblo inglés y conservador. Solía entretenerme desafiando a mis padres cuando hacían comentarios que desacreditaban a otros que eran diferente a ellos. Asistí a una escuela que se encontraba, más o menos, a unos veinte kilómetros de distancia de nuestro pueblo. Allí, yo era un jugador de críquet decente. En este contexto, solo con el fin de fastidiar a mis padres, conseguí que me dieran su permiso para invitar a un miembro de un equipo visitante de críquet a pasar un fin de semana en nuestra casa. Poco se imaginaban que iba a traer a un jugador de 1,90 m de estatura, perteneciente al equipo de las Indias Occidentales. El ver cómo sus bocas caían al piso cuando él apareció en la puerta valió la pena. De todas maneras, ellos se las arreglaron para comportarse de manera irreprochable, aunque probablemente les tocó apretar sus dientes con fuerza. Crecí viendo películas caseras de mis padres de cuando trabajaban en el servicio colonial en Rodesia en los años cincuenta, donde mi papá sirvió como profesor y constructor.

La Iglesia anglicana, para mí, era una iglesia de “campanas y aromas”. Asistí a una escuela primaria regentada por la Iglesia anglicana. Mi familia participaba en los eventos sociales de la Iglesia. Mi madre trabajaba en el consejo parroquial del pueblo. Cuando yo tenía quince años, ella murió de un derrame cerebral tras ser acusada injustamente de robar fondos de la Iglesia. Desde entonces, siempre me he resistido a cualquier institución jerárquica.

Mientras asistía a la universidad en Cambridge, de 1977 a 1981, tuve contacto con muchos puntos de vista diferentes. El escritor David Cornwell, conocido como John le Carré, nos leía historias de fantasmas y nos involucraba en discusiones políticas hasta altas horas de la noche. Noam Chomsky, ministros, líderes políticos y filósofos organizaban foros de debate y discusión. Isabel Morel Letelier, activista chilena de los derechos humanos, era otra de las personas a quien yo tenía en alta estima. Incluso después de que ella y su marido, el ministro de Asuntos Exteriores Orlando Letelier, fueron exiliados de Chile y luego de que él fuera asesinado en un coche bomba en Washington, D. C., ella continuó creando conciencia sobre el país, lo que le valió varios reconocimientos por parte de los derechos humanos. Otra mujer que trabajó a nombre de los derechos humanos y en contra de los abusos en Chile fue Sheila Cassidy. Ella era una médica inglesa que, como sobreviviente de tortura, escribió varios libros. Uno de ellos era mi favorito y lo releía a menudo: Audacia para creer. También, me vienen a la mente dos activistas sudafricanos de los derechos humanos: por una parte, Desmond Tutu que es muy conocido y, por otra, Joe Slovo,, no tan conocido. Cambridge era un imán para estos puntos de vista divergentes. Estos enfoques eran estimulantes para alguien como yo, un muchacho criado en un entorno mundano y de mente estrecha.

Para mi disertación de tesis de licenciatura, trabajaba en una biografía del teórico y político francés, Regis Debray, quien colaboró con los Castro y el Che Guevara en los años sesenta. Al mismo tiempo, estudiaba historia latinoamericana moderna. De esta forma, me encontré gravitando hacia las situaciones políticas contemporáneas en América Central y del Sur con dictadores y regímenes que tomaban el control, además de los movimientos guerrilleros que surgían en la oposición. Tras haber estudiado español, podía leer las noticias de sus fuentes originales. En estas circunstancias, se había producido la Revolución cubana, además del golpe de estado en Argentina y la insurrección en Bolivia, etc.

Por otra parte, también trabajé en los Países Bajo de 1984 a 1986. Es así que, en 1985, una amiga que se dirigía a El Salvador me invitó a viajar con ella durante mis vacaciones de verano. Me cautivó la oportunidad de presenciar los acontecimientos en un país latinoamericano en medio de su guerra civil y escuchar sus historias mientras montaba una escopeta. Nuestros rostros blancos servían como una garantía de seguridad a prueba de balas para la gente, pues esto nos ayudaba a persuadir a los militares de contenerse y de no hacerles daño. Esa sí que me las arreglé para cambiar mi tema de disertación en la universidad y enfocarlo en este asunto de más actualidad. De esta manera, me uní al grupo que viajaba a El Salvador. En un principio, mi interés era meramente académico, una curiosidad intelectual.

{Nota: Como un recordatorio para aquellos que no lo saben, la guerra civil en El Salvador duró de 1980 a 1992.}

No podía “dejar de ver” lo que sucedía en El Salvador y, debido a que su guerra civil continuaba, apliqué al Servicio Jesuita para Refugiados (SJR) en 1987. Su sede funcionaba en un edificio de la Calle Real, un campo de refugiados que se ubicaba al noroeste de San Salvador, cerca de Apopa. Fue construido para aliviar la congestión de los refugios de la arquidiócesis como, por ejemplo, el seminario San José de la Montana, la basílica del Sagrado Corazón y el de Santa Tecla, entre otros lugares.

En este punto, pasé por una transformación de tener solamente un interés intelectual a desarrollar un interés pragmático en el cual podría involucrarme para servir de ayuda. Salí de Inglaterra sin un contrato de trabajo; todo quedaba abierto a cualquier eventualidad. Ni siquiera era católico. No estaba seguro de lo que podría hacer específicamente, pero había visto a gente humilde que sufría grandes atrocidades y que, en gran parte, el mundo ignoraba.

Para este momento, mucha gente había sido desarraigada de sus pequeños pueblos y ciudades, muchos de los cuales habían sido reducidos a cenizas por los militares. Estas familias vivían en condiciones limitadas a edificios de la Iglesia en la ciudad y que les proporcionaban santuario de los militares. Sin embargo, estos lugares estaban muy congestionados. Allí, no había espacio para el ejercicio. La gente comenzaba a inquietarse por sembrar y cuidar de sus cosechas, pues eran personas que habían estado acostumbradas a ser alguien por ellos mismos y no a llevar la vida de presos que ahora tenían. La Calle Real era un sitio que la Iglesia católica adquirió para poder llevar a grupos más grandes hacia los campos y así poder brindarles santuario y más espacio.

VISTA NORTE DESDE LA CASA DE CHRIS

Dos monjas estaban a cargo del campo —aunque bajo la dirección de la arquidiócesis—, además de otros cuatro profesionales: un constructor, un agrónomo, un sastre y un bodeguero, encargado del almacén que proveía suministros y herramientas. Estas personas fueron empleadas por la arquidiócesis para capacitar y equipar a los desplazados con el fin de que pudieran restablecer sus hogares. Ocho miembros internacionales también vivían y trabajaban en el campo. Ellos iban y venían, así que raramente se encontraban todos juntos allí al mismo tiempo. El campo tenía una clínica y un hospitalito. Estábamos allí para cumplir con el papel de acompañamiento. Cualesquiera fueran las necesidades que la gente tenía, debíamos encontrar una manera de asistirlos. Nos dedicábamos a tareas de alfabetización, trabajo en la cocina, transporte a sus citas médicas, apoyo moral y a ofrecer el hombro para consolarlos.

La gran camioneta roja con una jaula en la parte posterior para transportar a la gente de manera segura —el vehículo más visible en los caminos— era un regalo del cardenal John O’Connor y de la Arquidiócesis de Nueva York. (El cardenal O’Connor era conocido por su abierta oposición a la ayuda a regímenes militares en esta área por parte de los EE. UU. o al apoyo para los Contras nicaragüenses). Utilizábamos la camioneta para llevar a la gente de los alrededores a sus citas médicas o al hospital, además de transportar suministros. Yo conducía a menudo el vehículo. Si alguien tenía una cita en el hospital, lo llevábamos allí a las 6:00 a. m. y esperábamos hasta que lo atendieran, lo cual generalmente sucedía ya muy entrada la tarde. Si nos percatábamos de que la seguridad de las personas estaba en riesgo, uno de nosotros esperaba con ellas para evitar que fueran secuestradas. Luego, las conducíamos de nuevo al campo al final del día.

Nuestro amigo Frankie vivió una experiencia difícil con los escuadrones de la muerte, una mañana de domingo mientras llevaba a un grupo de personas a visitar a sus familiares en la prisión de Mariona. Portar un pasaporte americano no tenía precio. Esto es algo que él, un natural de California que conducía nuestra camioneta, descubrió después de que los militares lo detuvieron en un control de carreteras. Allí, lo golpearon a él y a sus pasajeras con las cachas de sus pistolas. Los militares asumieron que él era salvadoreño debido a su piel oscura. Después de mostrarles su pasaporte estadounidense, los dejaron en paz, profiriendo un comentario: “¡Oh, mierda. Gringos!”

El Gobierno de los EE. UU. había dejado claro a los militares de El Salvador que si mataban a cualquier otro ciudadano americano, ellos cortarían todo el financiamiento inmediatamente. Esto se dio tras el asesinato de unas monjas de Maryknoll y de varios periodistas, lo cual ocasionó una crisis internacional y dejó con una mala imagen a sus militares. Para ellos, era imposible continuar sus esfuerzos sin el apoyo de los EE. UU. A partir de entonces, los militares mostraron muestras de descontento más sutiles; por ejemplo, en una ocasión descubrimos el cadáver mutilado de una joven trabajadora de un supermercado local, llamada Andrea Urbina, en un puente cercano donde había sido colocada en forma de un crucifijo. Ella no había hecho nada sino únicamente ir a un afluente cercano para lavarse antes de ir a su trabajo. El ejército la había estado acechando para emboscarla desde las 2:00 a. m. Ellos simplemente querían dejar sentado un precedente infundiendo miedo en aquellos que vivían en el campo de refugiados.

En la Calle Real, cada día era diferente; sin embargo, ciertas cosas siempre requerían realizarse. Nuestras funciones y responsabilidades eran fluidas, pues todos sumábamos esfuerzos para satisfacer las necesidades de la gente. La arquidiócesis asignó algunas monjas y sacerdotes para supervisar el trabajo. Los sacerdotes que venían desde San Salvador traían visitantes, ofrecían misas y enseñaban el catecismo. Jon Sobrino y Jon de Cortina visitaban regularmente el campo. Otro campo de refugiados era el de Fe y Esperanza, un centro operado por luteranos y supervisado por el obispo Gómez. Él y los sacerdotes católicos trabajaban juntos para proporcionar un asilo seguro a aquellas personas en riesgo de daño por parte de los militares.

Sí, todos corríamos peligro, pero no pensamos en ello a diario. De hecho, excedíamos nuestros límites, pensando que éramos inmunes a los militares por ser blancos y porque estábamos relacionados con un grupo eclesiástico que básicamente nos protegía. De todas formas, también los sacerdotes recibían amenazas de muerte por parte de los grupos paramilitares cada cierto tiempo. Es así que la estación de radio YSAX de la Iglesia católica y las oficinas de la Universidad Centroamericana (UCA) que poseía una prensa eran bombardeadas de forma regular. Por nuestro lado, también fuimos hostigados por gente en vehículos aparentemente civiles y con placas sin registrar. Por ejemplo, muy tarde en una noche, mientras el campo se hallaba acordonado por el ejército, uno de los oficiales disparó muy cerca de mí para asustarme. Luego, al día siguiente, vino para burlarse de mí. Esta era solo una parte de la rutina de vida durante guerra.

El sábado 16 de enero de 1988, un par de pelotones de la Primera Brigada del Ejército invadió el campo y trajo a un desertor del FMLN para que identificara a la gente que él conocía. Ante esta situación, los refugiados comunes se unieron para evitar físicamente que las personas buscadas fueran llevadas para “interrogarlas”. Como represalia, al día siguiente, los militares rodearon el campamento y dispararon contra el hospital donde sabían que se estaba atendiendo a lugareños heridos. Esta acción no estaba autorizada. De todas maneras, si no hubiéramos actuado en un gesto humanitario como lo hicimos ese sábado, probablemente esas personas habrían sido torturadas y asesinadas. Una persona fue herida seriamente esa noche. Fue inesperado y bastante aterrador el ser atacados con miles de balas, así como también con media docena de granadas de 40 mm y un cohete antitanque. Ellos sabían que cuidábamos de los pobladores locales porque un infiltrado lo había divulgado (la infiltración era un problema frecuente, ya que los militares pagaban a los pobladores de la región por la información que ellos recibieran). Los militares querían desesperadamente interrogarlos y por eso irrumpieron ese día.

Por otro lado, los domingos, se les permitía a los habitantes locales visitar a sus amigos y a los miembros de su familia en el campo. (Lo mismo se aplicaba a las prisiones. Lo sé porque en ocasiones llevé a algunas personas a la prisión para que visitaran a sus parientes). No era necesario para los pobladores de la zona portar ningún permiso para hacer sus visitas. Esto facilitaba a los militares la intrusión de infiltrados. Justo después del incidente, mi papá pidió venir a visitarme. Entonces, le advertí que el momento no era el oportuno. Él había luchado contra los fascistas en Italia y lo comprendió.

El hospitalito y la clínica estaban a cargo de una monja americana que era una doctora cualificada y trabajaba junto con otros dos doctores a tiempo parcial (un salvadoreño y un americano), además de dos enfermeras y otra monja. Aunque, yo tuve cierto entrenamiento rudimentario en primeros auxilios en los Países Bajos, no estaba preparado para asistir partos o para ayudar en cirugías. Sin embargo, si los profesionales estaban ocupados cumpliendo otras funciones, algunos de nosotros que teníamos cierta experiencia en cuidados de la salud teníamos que hacer lo mejor que podíamos. No soy una persona aprensiva, así que no me importaba intervenir si eso podía ayudar cuando era necesario. A veces, era difícil salir adelante, especialmente cuando el FMLN declaró una prohibición de transporte. Esto dificultaba el obtener ayuda del exterior o llevar casos de emergencia a un hospital de la ciudad. Ocasionalmente, corríamos el riesgo y transportábamos a los casos de emergencia a pesar de la prohibición con la esperanza de que reconocieran nuestro vehículo por lo que era.

UN PELOTÓN DEL FPL SE NOS UNE PARA LOS TAMALES

El Dr. Dave Evans, natural de Virginia Occidental y que sobrevivió a la guerra de Vietnam después de perder ambas piernas, dedicó su vida a viajar por el mundo proporcionando prótesis a personas con amputaciones en países devastados por la guerra. Yo tuve el privilegio de verlo obrar milagros en nuestro hospital. Después de la guerra, algunos de nosotros nos organizamos en un esfuerzo por nominarlo para un Premio Nobel de la Paz.

Diversos voluntarios dentro de nuestro grupo internacional presentaron diferentes reacciones ante lo que que atestiguábamos. Dos de ellos se fueron a las montañas y apoyaron activamente a los rebeldes. La enfermera americana se dedicaba a actividades de cuidado de la salud dentro de una zona controlada. Ella fue desmovilizada junto con los combatientes, luego de los Acuerdos de Paz de 1992-1993. Yo no tenía ningún problema personal con la insurrección armada. Recibí el equivalente británico del entrenamiento ROTC en la escuela y fui capacitado en armamento, pero no albergaba ninguna noción romántica de luchar por los desamparados. De hecho, en muchas ocasiones los rebeldes me invitaron a unirme a ellos. Sin embargo, declinaba las propuestas por varias razones, incluyendo el hecho de que sentía que podía desempeñarme mejor en las actividades que realizaba.

La arquidiócesis negoció un acuerdo entre el FMLN y los militares para intercambiar combatientes heridos y prisioneros de guerra de cada lado a través del Comité Internacional de la Cruz Roja. Los comandantes de cada facción se conocían muy bien y respetaban el trabajo de esa organización internacional. Cuando los hospitales locales no podían tratar a los heridos, el FMLN tenía permitido pedir a la Cruz Roja que transportara a los combatientes con heridas más serias, por ejemplo, aquellos con lesiones graves en la cabeza/cerebro, lesiones en la columna o con amputaciones. Muchos de estos daños eran el resultado de pisar alguna mina antipersonal. Luego, estas personas podían volar a Cuba para su tratamiento. El hospital de la Calle Real los albergaba hasta que su transporte fuera arreglado. Cuando se recuperaban, podían volver a El Salvador.

La Calle Real comenzó a declinar a mediados de1988, cerca de tres años después de haber iniciado su labor. En este punto, la gente estaba cansada de la guerra y lista para aprovechar cualquier oportunidad y marcharse, aun cuando la guerra continuaba. Los acuerdos de la paz no llegarían sino hasta 1992. Acompañar a la gente de regreso a sus pueblos era mi segunda función principal, mientras trabajaba en El Salvador. En este contexto, a varios grupos eclesiásticos y a la ONU se les pidió que, más adelante, se hicieran cargo de proteger a la gente mientras regresaban de los campos de refugiados con la esperanza de restablecerse en sus comunidades. Trabajé en las áreas de Suchitoto, Santa Marta, Guarjila/San Antonio, Los Ranchos y Guazapa. El acceso a Suchitoto y Guazapa eran controlados fuertemente por los militares. Las monjas podían pasar más fácilmente a través de las frecuentes barricadas que el resto de nosotros. Nuestro trabajo implicaba construir pequeñas chozas con donaciones precarias de fuentes internacionales. Estos fondos se usaban para adquirir techos de lata, madera de construcción, plástico negro y herramientas. En una de las comunidades que ayudé a levantar, construimos una docena de pequeñas chozas, plantamos maíz y fréjoles, además de instalar un sistema de abastecimiento de agua. Estos emplazamientos se ubicaron en varios departamentos alrededor del país, incluyendo Cabanas, y Chalatanango, específicamente en el El Higueral, en la parroquia de San Francisco Morazán.

Con el tiempo, mi transformación intelectual se volvió pragmática y esta se tornó en una transformación espiritual. Fui a El Salvador a ver que hallaba, sin ideas fijas, únicamente con el deseo de aprender. La experiencia fue fantástica. Fue esa fe de la gente salvadoreña —tan genuina, cariñosa, hospitalaria, honesta y acogedora en su simplicidad— lo que me movió a lo largo de mi propio camino espiritual. Todas las experiencias que viví con la comunidad campesina —su calidad natural— contrastaban con la religión reglamentada. La comunidad y el cuidado mutuo son fundamentales para sus vidas. Cualquier persona que puede mantener su sentido de comunidad, moralidad y de amor por el otro mientras le disparan en el trasero está bien para mí. Esa es la fe en acción.

CHRIS EN CASA CON SUS AMIGOS

Vi eso día tras día. Vi a las monjas y a los sacerdotes servir de maneras que su jerarquía formal nunca habría aprobado si se hubiera enterado, pero funcionó en ese entorno con el pueblo salvadoreño. Como he dicho antes, nunca he sido un partidario de la jerarquía. Fui testigo de cómo la gente llegaba hasta el límite para cuidarse unos a otros bajo condiciones desesperadas. Me gustaría poder compartir algunas de las historias conmovedoras que sucedían día a día, pero en ese país todavía hoy están matando a la gente por algunas de esas acciones rebeldes, no autorizadas y ocultas. Por esta razón, tales historias permanecerán reservadas con el fin de salvaguardar a dichas personas. Encuentro esto frustrante y muy injusto para estos héroes y heroínas. Siento que traje eso de El Salvador e intento utilizarlo como modelo a seguir para llevar mi vida actual.

Pude haber prolongado mi estancia allí de no ser por un incidente en una cárcel de San Salvador que consecuentemente marcó mi documento de identidad (ver la historia del mes próximo que comienza con este suceso).

El próximo mes comienza con la experiencia que envió a Chris de regreso a Inglaterra y cómo ahora lleva su vida salvadoreña con él.

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