Miquel Angel Rivas Renderos – Spanish

MIGUEL ÁNGEL RIVAS RENDEROS

Translation by Juan Escobar

“Cuando tienes el conocimiento, puedes transformar la manera de pensar de las personas y cuando transformas su pensamiento, las personas actuarán”.

Nota del editor. En tanto muchos de nuestros otros narradores eran ya adultos o muchachos de mayor edad que lucharon en las montañas durante la guerra civil, Miguel era el menor en su familia y pasó la mayor parte de su infancia protegido en la ciudad, después de que sus padres huyeran de la zona de peligro. Él tenía solamente tres años cuando la guerra comenzó. Por lo tanto, sus recuerdos, experiencias y opiniones de lo que sucedía a su alrededor se generaron a partir del punto de vista de un niño, lo cual nos ofrece una perspectiva fresca acerca de la guerra.

Después de la guerra, Miguel pasó de ser un estudiante ávido e inquisitivo a convertirse en un profesor que ahora inculca esas mismas cualidades en las mentes de sus estudiantes, en la universidad en donde trabaja. Este joven sincero y brillante —ya con su propia familia— discierne su llamado al discipulado en términos de lo que este significa para su carrera y para su servicio a Dios, tanto en última instancia como a largo plazo.

Originalmente, yo vivía en San Vicente, donde era el menor de siete niños: cinco niñas y dos muchachos. Mi hermana de diecisiete años, que estaba con las guerrillas, se encontraba ya entre las personas desaparecidas. Nunca la encontramos. Cuando los militares comenzaron la matanza en los poblados de nuestra área, nuestra familia huyó a San Salvador, sin llevarse absolutamente nada. Mi otra hermana y mi papá se unieron a las guerrillas y se marcharon a las montañas.

El resto de nuestra familia, incluyendo mi madre y mis hermanos, nos quedamos en San Salvador con familias que nos acogieron, pero con frecuencia nos mudábamos de una casa segura de la guerrilla a otra. Las condiciones dentro de las casas seguras eran realmente mejores que las que teníamos en nuestro hogar original. En lugar de tener que trabajar duro para preparar la tierra y cultivarla, la gente nos traía los alimentos. El jefe se hizo cargo de nosotros y sentíamos una sensación de seguridad. En algunas ocasiones, en esas casas se llevaban a cabo reuniones, así que alguien nos trasladaba a todos los niños a alguna habitación alejada para evitar que viéramos las caras u oigamos las voces de los líderes de la guerrilla. En este sentido, si después nos hubiesen interrogado, no habríamos podido identificarlos con seguridad. Todo era muy reservado. Recuerdo a una comandante mujer que siempre nos traía algo para comer. Tiempo después, me enteré que ella pisó una mina terrestre y murió. Cuando crecí y reflexionaba sobre ella, me ponía triste al pensar que si ella hubiese vivido, podría haber sido de gran ayuda para desarrollar el proceso de paz.

El papel de mi madre como guerrillera urbana era desempeñarse como mensajera secreta que entregaba recados entre aquellos que se encontraban en la línea de fuego y los presos políticos, para así animarlos y mantener en alto su espíritu y su moral. Los mensajes tenían el propósito de recordarles que “estamos luchando por ustedes” y también informarles sobre lo que sucedía en el frente. Estos mensajes debían pasarse de contrabando; muchas veces iban ocultos en pantalones o incluso en la leche en polvo.

En ese contexto, las familias a menudo asumían la responsabilidad del cuidado de los niños cuyos padres luchaban o desaparecieron. Así, mi mamá se hizo cargo de una niñita de seis meses de edad, ya que sus padres eran ambos combatientes de la guerrilla. Ella se convirtió en nuestra hermana pequeña. A la edad de siete años, cuando sus padres biológicos fueron asesinados, nosotros nos convertimos en su única familia.

Como niño pequeño en la guerra, yo no tenía mucha conciencia de lo que sucedía. No entendía la ideología detrás de los asuntos involucrados. Tan solo podía observar. Lo que sí pude atestiguar era la inestabilidad. Por ejemplo, un día estábamos jugando con mis primos y al día siguiente ellos estaban muertos. Era difícil entender el cuadro entero. Mi mamá iba y venía, en tanto sus tareas la requerían. Mis hermanos mayores se resentían mucho por esto y exigían saber porqué nuestros padres no nos daban ni el tiempo ni la atención necesaria durante nuestra infancia. Al ser el menor, todavía recibía la atención de mis hermanos mayores y, por esta razón, no me sentía tan resentido. De todas maneras, esta seguía siendo una época imprevisible para todos nosotros, puesto que, incluso, dos días consecutivos no eran iguales.

Para mí, las discrepancias continuaron cuando ya tenía casi diecisiete años en la secundaria. Al estudiar la historia de nuestro país, descubrí que había dos historias claramente diferentes: la oficial y la no oficial. En la versión oficial de nuestros textos escolares, los líderes del Gobierno eran los héroes. Allí, se retrataba al presidente Cristiano como responsable de negociar todo el proceso de paz. Esa versión era muy diferente de las que leía en otras fuentes y de lo que escuchaba en casa.

Durante la secundaria, leí libros de Teología por curiosidad intelectual. Estos provocaron un despertar dentro de mí. Decidí, entonces, continuar con mis estudios de Teología en la universidad. La gente me preguntaba de qué viviría, ya que la Teología no generaba ningún ingreso. Además, me decían que sería difícil encontrar un trabajo que me pagara por desempeñarme en ese campo. Yo respondía que mi esperanza y mi fe en Dios me ayudarían de alguna manera.

Aunque no tenía ningún recurso financiero, quería continuar avanzando con mis estudios en Teología a nivel universitario, tal vez en alguna universidad de la Asamblea de la Iglesia de Dios, donde tenían becas disponibles. Sin embargo, el personal de la ayuda financiera me dijo que no podría acceder a los fondos de la beca, a menos que mi padre fuera pastor de esa iglesia. Estaba muy triste. Entonces, descubrí que las familias de los antiguos combatientes de FMLN podían conseguir alguna ayuda en la Universidad Luterana porque algunos miembros de su junta directiva estaban involucrados con el movimiento de la guerrilla. Incluso si uno no tenía su título de secundaria, podía tomar cursos intensivos para obtenerlo. Apliqué y recibí una media beca. Esa era una gran oportunidad.

El Pastor Emérito Don Seiple de la Iglesia Evangélica Luterana de San Esteban presenta la beca a Miguel.

Al ingresar a la universidad, todavía sentía esa misma curiosidad intelectual que sentía en la secundaria, pero también comencé a sentir algo a nombre de la gente en términos de justicia y rectitud. “Cuando tienes el conocimiento, puedes transformar la manera de pensar de las personas y cuando transformas su pensamiento, las personas actuarán”. También estoy convencido de que cuanto mejor está preparada una persona en las cosas de Dios, más puede hacer para servir en el reino de Dios.

He estado trabajando con las iglesias pentecostales por muchos años y agradezco a Dios que yo haya podido influenciar su movimiento. Ahora siento que me respetan en alto grado. Estos grupos tienden a ser muy conservadores, pero yo enseño la Teología de la Liberación. Aun cuando no les agrada el concepto, lo respetan. Ellos también comprenden que tenemos que conectar nuestros estudios académicos con nuestras vidas cristianas. Saben asimismo que las experiencias que viví siendo niño tienen influencia en mi sistema de creencias. Los pentecostales son un grupo grande en este país. Su enfoque está en cielo y en albar a Dios. Ellos no ven los problemas políticos o sociales del país, mientras que, para la Teología de la Liberación, todo proviene de esas raíces y tiende a tener un enfoque más funcional. El escritor Raymond Panikkar va más lejos en cuanto a decir que todo se origina de las raíces políticas desconectadas de la fe. Él propone una Teología de la Liberación con un aspecto místico. De todas maneras, en la universidad, nosotros deseamos enseñar una interpretación sana en los cursos bíblicos.

El trabajar como profesor en la Universidad Luterana me ofrece la oportunidad de interactuar recíprocamente con los estudiantes de todas las fes. Nos desafiamos unos a otros. Aquellos con ideas conservadoras desafían a quienes impulsan el pensamiento liberal y, luego, comparan las formas de pensar de unos y de otros. Es perfectamente aceptable hacer esto, dentro de un entorno universitario.

En El Salvador, la gente desea saber más. Aquí hay un despertar del conocimiento, particularmente de la Biblia. Debido a este renovado interés, estoy proponiendo a la universidad que agreguemos un curso de estudios bíblicos científicos de dos años de duración al plan de estudios para ese gran grupo que demuestra disposición por aprender. Este curso sería adicional al currículo de cinco años del seminario. Entonces, si se consigue ponerlo en marcha y el grupo de estudiantes que lo toma continúa mostrándose interesado después de dos años, podría ampliarse a un tercer año de estudio. En este sentido, incluso podría despertar el interés de algunos estudiantes por transferirse al programa completo del seminario.

Actualmente, doy clases a tiempo parcial en la universidad, dos mañanas por semana. Este horario me permite disponer de bastante tiempo para pasar con mi familia y para formar parte de las vidas de mis pequeños hijos, mientras continúan creciendo. Como familia no tenemos muchas cosas materiales, pero pasamos juntos un tiempo de buena calidad. No contraemos compromisos económicos, puesto que no soy un empleado a tiempo completo.

Mi familia me apoya en mi posición y comparte mi pasión por el ministerio. Y continuarán apoyando cualquier eventualidad que esté deparada para mí. Mi familia incluye a mi esposa, Ruth; a Brian, nuestro hijo adoptado que fue abandonado a la edad de nueve meses y que ahora tiene 20; y a nuestros hijos biológicos Ángel Levi y Sophia. En este momento, soy miembro de la Iglesia presbiteriana. Si Dios me llama a servirlo en otra iglesia, tendría que tomar esa decisión. Personalmente, tengo inclinación por las iglesias históricas.

Además de las clases a tiempo parcial, también presento seminarios informales al clero para diversas iglesias sobre asuntos que estas solicitan, por ejemplo, sobre el Nuevo Testamento. Esto me da la oportunidad de compartir con pastores y líderes de la iglesia alrededor del país.

Disfruto del trabajo pastoral y deseo poder ordenarme alguna vez, pero aún no estoy listo para eso. En este momento, no me veo trabajando en esa posición. Para mí, ser pastor a tiempo completo sería un gran compromiso con Dios. En este país, este rol incluye deberes administrativos. No quiero pasar el tiempo sentado en una oficina ocupándome de esa clase de detalles; quiero salir a trabajar con la gente. Como ejemplo, en una ocasión tuve la oportunidad de liderar un grupo de treinta jóvenes. Provenían de familias pobres y yo los alimenté. Más tarde, fui amonestado por gastar demasiado dinero.

En términos de reconocer mis dones, creo poseer el don de la enseñanza y el don del servicio. Trabajar con personas de mentes conservadoras me desafía en el ámbito profesional, pero definitivamente ya puedo ver los frutos de mi trabajo. Muchos de los conservadores están comenzando a estudiar y a investigar más, además de empezar a reconocer la realidad en la que viven, en lugar de considerar que la religión es simplemente una experiencia mística. En tal virtud, durante estos últimos años, en las iglesias pentecostales —que han sido tradicionalmente muy machistas—, son las mujeres las que están llevando a cabo la mayoría del trabajo pastoral. Como resultado de este trabajo, ya hay menos conflictos entre las iglesias pentecostales y la línea protestante mayoritaria de los que había hace diez años en este país. En conclusión, en los asuntos de verdad y justicia y con la guía constante del Espíritu, pueden ocurrir más cambios positivos como este.

Como muchos otros, perdí la esperanza en el país durante la administración política pasada. El énfasis era que el “Gobierno” o el “presidente” decretaría leyes a nivel gubernamental para mejorar las condiciones en toda la nación, lo cual provocaría un cambio positivo definitivo a nivel local. Empero, la gente comenzó a sentirse frustrada de esperar y de ver cómo las promesas de campaña quedaban incumplidas.

Esta no es la manera en la que Jesús modeló la transformación. Él trabajó al mismo nivel local de los pueblos; pienso que eso tiene más sentido. Si podemos involucrar y organizar a la gente dentro de las comunidades para encontrar alternativas y soluciones a sus problemas y además lograr que asuman la responsabilidad de ellos mismos a un nivel local, las transformaciones ocurrirán y alcanzarán un alto nivel en todo el país. Es una cuestión de “abajo hacia arriba” en lugar de una solución de los asuntos sociales de “arriba hacia abajo”. La gente puede involucrarse más en la solución y es proclive a tener más esperanzas si los resultados pueden observarse más rápidamente y, más aún, cuando el resultado los favorece directamente.

Conozco las dificultades que estas personan enfrentan en nuestro país. Mientras que los políticos se conducen por los ideales del Estado, yo me conduzco por las ideas de Jesús. El estar en posición de transformar el pensamiento de mis estudiantes —basándome en la enseñanza bíblica—, verlos cuestionarse, desafiar sus creencias y el ser una influencia positiva en la formación de sus vidas, hacen que considere humilde mi posición.

Como Jesús dijo en el Evangelio de Juan: “el Espíritu nos guiará en verdad y justicia”. Yo confío que el Espíritu continúa guiándome.

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