Caught Between Two Countries – Spanish

ATRAPADA ENTRE DOS PAÍSES

Translated by Juan Escobar

Nota del editor. Este es el tercer o cuarto borrador de un artículo que comencé a escribir hace varios años. Después de cada escrito buscaba una reacción o respuesta por parte de otras personas, ya fuese de la familia, de mi socio o de mi grupo de creación literaria. Sin embargo, la abrumadora respuesta era: “Baja el tono. Estás siendo demasiada dura, demasiado política. Este texto no es un editorial”. Así, la historia se resumía en dejarlo “inactivo” en mi escritorio, pero el manuscrito siempre se presentaba implacable frente a mí, esperando a que lo volviera a retomar. Mientras tanto, yo reflexionaba sobre cómo reescribirlo de una manera que validara la verdad de esta joven, otorgándole toda la credibilidad que merecía y despojándolo de mi propia perspectiva personal y parcializada.

Entretanto, las recientes políticas de inmigración de nuestro país habían ya encendido a la prensa y la habían impulsado a contar la historia por mí. Entonces, la gente que conocía del trabajo que realizábamos en El Salvador se nos acercaban para preguntarnos si SABÍAMOS acerca de este hecho. Mi respuesta era: “Lo hemos sabido por años; los medios apenas se están enterando”.

Me sentía culpable por no haber compartido la historia mucho antes, pero me ha sido difícil liberarme de los lazos emocionales y retomar nuevamente el documento original para quitar las secciones que, según me han dicho, podrían ofender a cierto grupo de lectores. De tal manera, en esta versión, he quitado grandes secciones que había escrito y que estaban relacionadas con las políticas de la actual administración, como así lo pueden comprobar. En este sentido, al artículo lo he pulido hasta dejarlo con la historia cruda para que ustedes, lectores, puedan decidir cómo se sienten.

El hecho es que este suceso no es una historia aislada. Posiblemente, ustedes ya la han escuchado antes en las noticias y pueden estar seguros de que no es un hecho inventado o de que son “noticias falsas”. Esta historia es una más de las muchas que ustedes ya han leído o han visto en la TV, en reportajes donde se escuchan los gritos desesperados de los niños en la frontera. Además, estas historias han sido validadas como veraces por diversas fuentes fidedignas.

El título original que propuse era Cada inmigrante tiene un nombre.

Mi segundo título fue Forzada a marcharse.

No obstante, el tercer título era quizá más exacto: Atrapada entre dos países.

La historia de Katarina (un seudónimo usado para protegerla mientras ella atraviesa por los procesos judiciales) no es único. Ella se encuentra atrapada entre dos países; cada uno hostil de diversas maneras.

Katarina es una joven brillante con estudios universitarios. Ella es sociable y tiene una risa contagiosa.

Katarina reflexiona: “Soy una de seis hermanos de una familia trabajadora que me ha inculcado altas expectativas y valores. La familia del lado de mi madre está involucrada en la política. Así, con el fin de hacer las cosas mejores, todas las hermanas de mi mamá han viajado mucho a través de América Latina para aprender lo que podría ser de provecho en países como Panamá y Cuba, después de la larga guerra civil de El Salvador. Mi papá es un obrero de la construcción”.

A la edad diez años, Katarina fue elegida presidenta del grupo juvenil de su iglesia en El Salvador, pues esta reconoció en ella su efervescente personalidad y sus notables habilidades de liderazgo. Fue allí donde Katarina conoció a una mujer de California cuya iglesia estaba emparentada con la iglesia salvadoreña. A través de los años, las dos establecieron una relación personal cercana y, de esta forma, Katarina se convirtió en “ahijada” de aquella mujer. La madrina de Katarina la describe como brillante y altamente motivada, con un sentido del humor maravilloso y una fuerte personalidad e iniciativa.

Katarina fue beneficiaria de una de las becas de la iglesia de California y culminó sus cuatro años de universidad graduándose en periodismo. Aún le restaban dos años más de permanencia en la universidad, pero la situación llegó a ser demasiado peligrosa para que su familia permaneciera en el país. Katarina comparte su experiencia: “En la facultad, disfrutaba jugar al fútbol; competía en tres equipos diferentes de la universidad. Involucrarme activamente en los asuntos de la comunidad ha sido siempre importante para mí. En la universidad, produje un documental para una ONG (Organización No Gubernamental) acerca de la salud, el abuso sexual y la violencia en contra de las mujeres. También he participado en marchas de protesta por la privatización del agua. Nunca he consumido drogas”.

El esposo de Katarina, por su parte, transportaba a heridos de guerra e indígenas a sus citas médicas. Ella y su esposo eran muy felices en El Salvador, rodeados de muchos amigos y miembros de su familia extendida y de su tierna y encantadora hija.

En resumen, Katarina es una joven brillante y educada que cuenta con el apoyo tanto de su familia biológica como el de su iglesia; ella se encontraba en camino a culminar su carrera profesional. Ella y su esposo eran propietarios de un negocio y miembros respetados dentro de su comunidad. Ella ama su país de nacimiento (El Salvador) y no tenía ninguna intención de abandonarlo.

SIN EMBARGO…

Como en muchas comunidades en toda América Latina, las pandillas se dedicaban al reclutamiento, a la extorsión y a las amenazas. Después de extorsionar al negocio familiar, una pandilla intentó reclutar al esposo de Katarina y obligarlo a unirse a este grupo. Cuando él se rehusó, sus miembros amenazaron con dañar las vidas de la familia entera. Después, la pandilla comenzó a almacenar armas en el hogar de Katarina. Este fue el punto de quiebre. Es así que ella y su familia huyeron al abrigo de la noche, vistiendo solamente la ropa que llevaban y con sus mochilas en la espalda. Luego, se dirigieron a la frontera.

Para Katarina y su familia, la única opción restante para escapar de la muerte o de ser acribillados en su hogar, era emigrar a los EE. UU. como indocumentados. (No había tiempo para buscar medios legales a través de los canales oficiales de la Embajada de los EE. UU. Además, la amenaza de peligro físico por parte de las pandillas no califica como una razón para solicitar asilo en los EE. UU.). Es así que Katarina y su familia emprendieron un viaje largo y peligroso, recurriendo a una serie de coyotes (guías) y pagando costosos honorarios que los coyotes compartían con los cárteles de la droga y con varios oficiales de la patrulla de frontera a lo largo del camino. Nota del editor. En ocasiones, los coyotes son éticos; otras veces se aprovechan de los migrantes de muchas maneras, sin contar casos que incluyen la violación y el abandono de los grupos con los cárteles de la droga para que mueran. Sin embargo, las personas –desesperadas por las amenazas a sus vidas– corren el riesgo. 

The freight train known as ‘La Bestia’ (The Beast)

Después de que Katarina, su marido, su tía mayor y su hija de dos años de edad lograran concluir el largo y arduo viaje a través del desierto por varios países, la mafia mexicana exigió otros US$ 100 para cruzar el río Grande. En su desesperación, Katarina llamó al teléfono celular de su madrina y le dio las indicaciones necesarias para que fuera a una localización específica y transfiriera el dinero a un individuo en México, quien se presume era un miembro del cártel mexicano de la mafia o de la droga. Empapada y asustada con su niña que gritaba por un zapato perdido, la familia cruzó el río y subió el terraplén escarpado para encontrarse solamente con los agentes de ICE que los esperaban en la cima con el fin de separarlos en grupos y distribuirlos en diversos centros de detención. Los hombres fueron a uno, los mayores a otro y las mujeres y los niños a un tercero.

El esposo de Katarina fue deportado inmediatamente a El Salvador sin ninguna audiencia, violando sus derechos (en aquel momento) como solicitante de asilo. Katarina y su hija fueron recluidas en una celda de concreto junto con otras veinte o treinta personas en el centro de detención, en condiciones deplorables (El New York Times describe la situación como de “diez mil personas en centros de detención, en similares condiciones a las de los campos de reclusión de los japoneses-americanos durante la Segunda Guerra Mundial”, 19 de mayo de 2016). Allí, las condiciones son peores que las de una cárcel, pues los detenidos carecen de alimentos adecuados, agua, ropa limpia, instalaciones para dormir y de una representación legal, además de padecer de un intenso calor. Las enfermedades proliferan rampantes en estas condiciones. Así, Katarina y su hija cayeron muy enfermas y se contagiaron de piojos. Tampoco se les proporcionó ningún producto de aseo personal. Algunas mantas espaciales metálicas estaban disponibles únicamente para las detenidas que estaban mojadas y con frío; una de ellas estaba embarazada. Tampoco se ofrecían traductores.

Una vez que son capturados por ICE, la mayoría de los inmigrantes permanece indefinidamente en esos lugares hasta su deportación. Afortunadamente para Katarina, ella había memorizado el número telefónico de su madrina de California y había insistido en llamarla. Su madrina estableció una cuenta para que Katarina pudiera llamarla y después comenzó el proceso de mover cielo y tierra para conseguir que ella y su preciosa bebé salieran de ese centro de detención y tomaran un vuelo a su Estado de residencia.

Katarina ahora vive aquí en los Estados Unidos, después de que, en su desesperación, ella cruzara la frontera estadounidense como “ilegal”, hace algunos años. “Mi esposo fue deportado tan pronto como llegó. Si mi hija y yo no recibiéramos santuario con la ayuda de nuestro equipo legal, seríamos deportadas a El Salvador y nuestras vidas estarían de nuevo en peligro”, dice Katarina. (NOTA. Lo último que supe de su esposo es que él volvió después a los EE. UU., evadiendo a las autoridades de ICE).

Katarina reflexiona: “Aquí, en los EE. UU., estoy trabajando en varios oficios difíciles, físicamente exigentes y sin beneficios laborales. Los agricultores de frutas y vegetales no pueden cosechar sus productos sin la ayuda de los inmigrantes. Estos son los trabajos que la mayoría de los americanos consideran demasiado duros y además se rehúsan a trabajar bajo el ardiente sol por el tiempo que los empleadores requieren y por un salario mínimo. Yo todavía trabajo en tres lugares que incluyen restaurantes y en el campo para pagar mis cuentas. Tomo estos empleos hasta que mis destrezas en inglés sean más adecuadas y me permitan obtener mi grado académico, el cual me posibilitará desempeñarme en una carrera más satisfactoria”. Cuando Katarina no trabaja, ella toma clases de Inglés y de Historia.

La madrina de Katarina nos dice que ICE realiza redadas frecuentes en los establecimientos donde –creen– se emplean a inmigrantes indocumentados. Esto ocasiona que todos vivan en un estado de miedo constante. Los “ciudadanos y los no ciudadanos llevan por igual las pequeñas tarjetas rojas que indican sus derechos constitucionales”. (A menudo, empleadores poco éticos se aprovechan de los trabajadores inmigrantes y los obligan a laborar más allá de la semana de trabajo convenida sin pagarles y los amenazan con despedirlos; así, ellos explotan su desesperación).

Actualmente, Katarina se encuentra yendo y viniendo de una instancia judicial a otra y a otra y a otra dentro del sistema legislativo, en un esfuerzo por satisfacer todos los requisitos que le permitan permanecer en los EE. UU. Generalmente, ella tiene audiencias de asilo –políticas y religiosas– que se realizan solamente en la capital del Estado, la cual se encuentra a cientos de kilómetros de su hogar. Además, las fechas se cambian constantemente, en lo que parece ser un intento por desalentar a los inmigrantes en su empeño de continuar su lucha. Asimismo, ella tiene otras audiencias, pero, por consejo de su abogado, no se le permite discutir su caso mientras el pleito está activo.

Por lo pronto, Katarina ahora tiene una tarjeta de la seguridad social y se la considera legal. No obstante, ella debe firmar en la agencia de Seguridad de la Nación (Homeland Security) cada viernes y debe presentarse cada tres meses. Por supuesto que ella haría esto voluntariamente, sin tener que sufrir la humillación del uso del obligatorio del brazalete que debe portar en su tobillo.

Mientras que Katarina ha logrado entrar en el “camino rápido” para el asilo, esa opción ha sido ahora suprimida para otros migrantes. La fecha fijada para Katarina, en primavera, para su audiencia en la corte de asilo ha sido cambiada para dentro de tres años. Hasta esa fecha, ella podría ser detenida por la agencia de Homeland Security y ser deportada.

En este sentido, Katarina ahora expresa: “Para mí, la parte más difícil de esta nueva vida es mi carencia de independencia. Por ejemplo, como inmigrante, no puedo conseguir mi licencia de conducir debido a mi estado de indocumentada; por lo tanto, debo confiar en la generosidad de mis amigos para transportarme al trabajo, a la iglesia, a la tienda de comestibles o al lugar a donde necesite ir”. (Es importante indicar que, luego de la entrevista original, Katarina ya ha logrado conseguir la licencia de conducir. “Solamente doce estados y el Distrito de Columbia otorgan licencias de conducir a los inmigrantes sin documentación”. [Revista TIMES, 10-17, 2017 “Presiguientdo a los ‘tipos realmente malos’”]).

“En El Salvador, tenía muchos amigos con quienes socializar después del trabajo. Mi familia estaba cerca para apoyarme. Aquí, en los EE. UU., tuve que comenzar de nuevo, en lo que se refiere a hacer amigos. Llevo a mi niña a la guardería, en lugar de tenerla con los miembros de la familia que ella conoce. Después de trabajar y de estudiar Inglés e Historia americana, me queda poco tiempo pasar con mi hija. Al principio, el trauma de la experiencia hizo que mi niña tuviera pesadillas todas las noches”.

Katarina anhela ser autosuficiente. Afortunadamente, aunque su iglesia ha sido un soporte muy grande para ella, ahora Katarina ya se encuentra en un punto en el que ya no necesita ayuda financiera de esta entidad. Ella y su madrina comparten su historia con varios grupos; cada una a partir de su propia perspectiva y cada una con una visión realista, pero positiva. El mensaje es que sí podemos ayudar a una familia en necesidad hasta que esta pueda ayudarse a sí misma. No tengan miedo de dar la mano a quien la necesite y hagan la diferencia en la vida de alguien vulnerable y en necesidad.

Le preguntamos a Katarina si, sabiendo lo que ahora sabe, tomaría la misma decisión de venir aquí a los EE. UU. Sin pestañear y sin vacilar, ella responde con un inequívoco “Sí”. “Fue peligroso, pero si hubiese dejado que algo se atravesara en mi camino, todavía estaría en El Salvador. Podría estar muerta. Por supuesto, extraño a todos mis amigos así como a mi familia. Aquí, tengo poco tiempo libre debido a todos mis trabajos, tanto en el campo como en los restaurantes. Sin embargo, espero legalizar mi situación para poder acceder a las oportunidades disponibles para mí y para mi niña”.

“He intentado vivir por mi lema: ‘Nunca dejes que tu pasado interrumpa en tu futuro; el lazo entre tu pasado y tu futuro es no tener miedo’”.

Katarina es una de las inmigrantes afortunadas. Ella LOGRÓ entrar a los EE. UU. Conocemos casos de otros migrantes que murieron en las manos de los cárteles mexicanos de la droga y terminaron en fosas comunes o desaparecieron en el camino, dejando familias afligidas y sin un sentido de conclusión. Katarina había memorizado el número de teléfono de su madrina (que habla un español fluido), pues sabía que ella la ayudaría. Por otra parte, sabemos que otras personas fueron deportadas, que permanecen en limbo en centros de detención o que viven ocultas, siempre mirando sobre sus hombros para evadir a ICE. Katarina tiene una iglesia fuerte y una red comunitaria que la ayuda.

La mayoría de los inmigrantes que cruzan la frontera caminan hacia un mundo desconocido sin la ventaja de saber el idioma o de disponer de un apoyo que los socorra.

Katarina dice: “¡Gracias a Dios!” ¡Gracias, Dios por su nueva vida! Ella y sus benefactores continúan trabajando por otras personas en su misma situación a través de la iniciativa de Lutheran AMMPARO (Acompañamiento Luterano a Migrantes Menores de Edad con Protección, Defensa, Representación y Oportunidades, por sus siglas en inglés).

La madrina de Katarina, quien tiene su propia familia y sus dificultades de salud, trabaja incansablemente a nombre de aquellos cuyas situaciones son similares a las de su ahijada. Después de viajar dos horas cada mes, ella se reúne con un grupo local de defensa que lleva a cabo vigilias en el centro de la detención para demostrar solidaridad con los que no tienen ninguna voz. Ella desafía las políticas de la administración y actúa desde su sentido de responsabilidad religioso y moral.

Agradecemos a Katarina y a su madrina por sus historias y esfuerzos por ayudar a otros en esta situación.

Notas del editor. Aquellos con todos los recursos necesarios a su alcance continúan difundiendo comentarios incendiarios y castigando a los inmigrantes vía la deportación. Los intentos de amenazas con quitar la ayuda federal a las “ciudades santuarios” que despliegan esfuerzos humanitarios y las amenazas a los padres y a los benefactores que demuestran empatía precedieron a la convocatoria para dividir a las familias en la frontera misma. Mientras tanto, Katarina, la joven trabajadora inmigrante en que la nos enfocamos en esta historia, con apenas una moneda de diez centavos en su bolsillo, está dispuesta a arriesgarse y a reunirse con otros inmigrantes en necesidad para abrazarlos y para conectarse con ellos y así ayudarlos y apoyarlos, siempre con optimismo y energía constantes e incansables. Quizá esto es lo que se necesite: una persona que actúe con compasión hacia su semejante a través de las organizaciones ciudadanas.

Las familias que entrevistamos envían a los EE. UU. a sus miembros más jóvenes y/o más aptos físicamente, pues estos tiene mayores oportunidades de sobrevivir tan largo viaje. Con el propósito de protegerlo, la familia puede vender todas sus posesiones para pagar el coste desorbitado de miles y miles de dólares con el fin de que su pariente se dirija hacia la frontera de manera presumiblemente segura. Es así que a Katarina y a su familia les tomó casi dos meses llegar a la frontera para luego terminar en un centro de detención y con su esposo deportado.

También, es de conocimiento común –por aquellos que hacen el viaje hacia el Norte– que los lunes y los martes son los días en los que las drogas cruzan la frontera. Mientras que los jueves y los viernes son los días en los que los inmigrantes indocumentados lo hacen. La agencia de Seguridad de la Nación (Homeland Security), ICE, las patrullas de frontera y la mafia parecen trabajar juntas en este sistema, aguardando por aquellos que intentan cruzar. “El 80 % de mujeres y jóvenes que cruzan la frontera a los EE. UU. desde México son violadas en el camino”. (Dime cómo termina, Valeria Luiselli)

Cada inmigrante tiene un nombre. Cada inmigrante tiene una historia. Cada inmigrante tiene una razón para abandonar su país. A todo esto, yo agrego que cada inmigrante merece una vida de respeto y de dignidad; debe ser tratado como persona con derechos. Carlos, Anita, Miguel, Claudia, Luis, Alma, Dimas, Lucy, Damian, Celia y todos las otras incontables personas por todo el mundo tienen historias similares a la de Katarina.

Katarina se encuentra atrapada entre dos países; cada uno hostil de diversas maneras. Como ciudadana americana, personalmente, yo estoy profundamente desconcertada y avergonzada del tratamiento que ella recibe en el país al que ella ingresó.

 

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