Jose Santiago Munguia – Spanish

JOSÉ SANTIAGO MUNGUIA 

 

“Alguien debe preocuparse de aquellos que no tienen voz; mi sueño es por ellos – los desposeídos.”

Nota del editor. Este hombre servicial, de complexión mediana, impecablemente vestido y conocido como Santiago, conduce con una Biblia sobre el tablero de su auto, ya que esta le sirve como la brújula que orienta su vida. Su tono de voz es tan quedo y suave que debemos recordarle continuamente que hable más fuerte para que la grabadora pueda registrar su voz, mientras nos ayuda como traductor durante toda la semana. Así, uno no puede imaginarse cómo esta persona gentil alguna vez pudo haber participado, sobrevivido y, mucho menos, cómo pudo haber escapado de su vida pasada como miembro de una pandilla.

Santiago es el vivo ejemplo de una persona que voluntariamente ha cambiado su vida por completo. Se encontraba en el fondo, y al darse cuenta de ello, se levantó del foso sabiendo que solo podría hacerlo con la ayuda de Dios. La vida de Santiago cuenta con todos los componentes de una película dramática: una asombrosa historia verdadera, una obra de suspenso desgarradora, una historia de amor y una trama sobre la lucha del bien contra el mal, donde triunfa el bien. Si yo fuera un productor de Hollywood, yo la llamaría De las pandillas a Dios.

La razón por la que tengo fluidez en inglés tiene su explicación en una historia bastante complicada que tuvo que ver más con la necesidad de aprenderlo, para poder conseguir un trabajo, que con la voluntad personal por hacerlo. Como le sucede a muchos de nosotros en este país, sin perspectivas de trabajo y con familias que mantener, las necesidades familiares me obligaron a realizar el penoso viaje a los EE. UU. Esto implicó la contratación de una serie de coyotes para poder abandonar El Salvador a través de México en 1989, durante el guerra en nuestro país. En ese entonces, para poder enviarme allá, el viaje nos costó US$ 1000 (ahora cuesta más de US$ 8000) y era muy peligroso. El trayecto duró treinta y dos días, con algunas escapadas terribles de los funcionarios de inmigración, huyendo de la policía o soportando golpizas, etc. En algunas ocasiones, teníamos que detenernos y esperar nerviosamente el momento adecuado para encontrarnos con la siguiente persona y continuar con el próximo tramo del viaje, como por ejemplo nos sucedió en Guadalajara, México, donde nos quedamos durante nueve o diez días o cuando permanecimos cerca de la frontera de Tijuana por doce días. Durante la última etapa del viaje, cruzamos la frontera entre México y EE. UU. y luego viajamos, en condiciones deplorables, desde San Diego a Los Ángeles con veintidós personas en la parte trasera de un camión sin ventilación (sin ventanas, sin flujo de aire) y sin asientos. En estas condiciones, algunos de nosotros estuvieron a punto de morir.

Así, tuvimos que padecer un tratamiento peor que aquel que recibe el ganado durante su transporte. En este sentido, se corren riesgos cuando estás desesperado por sobrevivir, sabiendo que tu familia depende de ti.

Los EE. UU. no resultaron ser en absoluto el sueño americano. Era un lugar diferente con un idioma diferente, con costumbres diferentes y con un estilo de vida diferente, donde yo solo conocía a una persona. Soy el sexto hijo de ocho en mi familia. Nací el 23 de agosto de 1971, en el cantón Paso de Gualache en el departamento de Usulután de El Salvador. Mi padre era Juan y mi madre, María Lorenzo Rivera. Tengo tres hermanos y cuatro hermanas. Mi madre tuvo también otros dos hijos que nacieron muertos. Dio a luz sola a la mayoría de nosotros, aunque, en ocasiones, también la ayudaron con los otros nacimientos.

Sí, claro, tú pagabas a la partera con un poco de dinero o con un pollo, dependiendo del recién nacido. En dinero, el precio común era de 25 colones, si tenías un niño y 15 colones, si tenías una niña.1

Mi niñez fue bastante normal; jugaba con mis hermanos y amigos, al tiempo que aprendíamos unos de otros. Vivíamos en un rancho construido con pedazos de madera, con un techo de paja y un piso de tierra, lo que no es una forma muy cómoda para vivir. Diez años más tarde, la familia se trasladó a otro rancho, en un terreno de propiedad de una mujer que salió del país durante la guerra. Mi mamá consiguió su dirección y recibió permiso para vivir allí; tiempo después, la mujer terminó por permitir que mi mamá registrara la propiedad a nuestro nombre. Ahí es donde vive actualmente. Para nuestra familia, poder obtener las escrituras de esa tierra fue la única cosa positiva que conseguimos de la guerra.

Por el contrario, todo lo demás cambió de manera negativa durante ese tiempo de guerra y conflicto que comenzó cuando yo tenía diez años. Mi familia necesitaba trasladarse a la ciudad por motivos de seguridad a causa de los constantes enfrentamientos en nuestra región. Continué asistiendo a la escuela hasta el noveno grado a pesar de la guerra. Sin embargo, debido a todas las dificultades en la economía y al gran número de miembros en nuestra familia, me enviaron solo a reunirme con mi hermana en los EE. UU. para que consiguiera un trabajo, aunque apenas contaba con una educación de noveno grado y carecía de experiencia alguna. En ese tiempo, tenía dieciocho años de edad.

Con el fin de conseguir un trabajo, tenía que aprender a leer y a escribir en inglés, así que tomé un curso y empecé a estudiar. Obtuve mi Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), lo cual garantizó mi estatus legal para trabajar y obtener una licencia de conducir. Esas oportunidades fueron la mejor parte de vivir en los EE. UU., y estoy agradecido por ellas (actualmente, desde el 9/11, estas mismas oportunidades ya no existen). Me quedé en los EE. UU. durante siete años y conducía un camión haciendo entregas para una compañía de muebles. Con el dinero que cobraba en este trabajo, pude ganarme mi propio sustento, así como enviar remesas a mi familia para ayudarla. El impacto que sufrí por vivir en los EE. UU. fue doble. En primer lugar, tuve que abandonar a mi familia, al igual que mi país, y en segundo lugar, cometí algunos errores terribles.

En una ocasión, los funcionarios de inmigración me arrestaron en las calles de Los Ángeles y pasé en la cárcel durante treinta y un días, mientras verificaban mis registros, pero luego me pusieron en libertad cuando confirmaron que era legal. No guardo ningún resentimiento hacia los EE. UU., ya que en lo personal me dio una oportunidad durante el tiempo que duró la guerra de nuestro país. Respeto el hecho de que cada país tenga el derecho de tomar sus propias decisiones en cuanto a permitir quienes pueden entrar o vivir allí. El sueño americano funciona para algunas personas, pero para muchas otras que han cruzado la frontera, es un lugar desagradable donde ese sueño no se realiza y donde la economía no puede apoyarlos.

Mi peor experiencia, mientras vivía en los EE. UU., fue que comencé a participar en una pandilla. Acepto toda la responsabilidad por mis acciones y, ahora, sé que fue un error, pero quiero contar mi historia en un esfuerzo por evitar que otros cometan el mismo error que yo cometí. A mi llegada, viví con mi hermana durante seis meses. Ella, al igual que otros que han tenido que cruzar la frontera para ganarse la vida, trabajaba jornadas extremadamente largas y simplemente no tenía tiempo para controlar mi comportamiento. Su marido la había abandonado cuando sus hijos eran pequeños, obligándola a desempeñar el papel de madre soltera. En principio, después de seis meses, ya se esperaba que yo me valiera por mi cuenta, así que, luego de ese tiempo, me quedé sin nadie que me guiara. En ese momento yo estaba muy confundido y realmente no entendía lo que estaba haciendo, así que me deje influenciar por mis amigos para cometer todas las cosas terribles que uno asocia con las pandillas, tales como violaciones, robos y balaceras en vehículos para acabar con los miembros de otras pandillas rivales. En realidad, no sé si alguna vez yo maté a alguien, porque a menudo era el conductor, pero es posible que lo haya hecho. Uno debe tomar parte en estos crímenes con el fin de establecer la confi

anza dentro de la pandilla. Ahora, me siento muy mal por haber estado involucrado en todos esos hechos.

Vivir en una pandilla es como vivir con una familia, pero es una mala familia. No es una relación profunda y real; solo es superficial. Al principio fue divertido pasar todo mi tiempo libre en las calles bebiendo alcohol, consumiendo drogas o estando con chicas. Así, uno cree que estas personas son sus amigos, ya que se comparte tanto tiempo con ellas. De esta forma, cuando algún miembro muere, se siente la misma conmoción que se sentiría por un miembro de la familia: tristeza e ira.

En una pandilla uno debe vivir confinado dentro de estos barrios donde no hay libertades y donde uno cae en cuenta también de que sus “amigos” van a la cárcel, son gravemente heridos o terminan muertos. Los más jóvenes son utilizados como anzuelos para reclutar y atraer a sus amigos a la pandilla con el fin de restituir el número de miembros, que disminuye constantemente ya que muchos de ellos son asesinados. Muchas veces, los jóvenes son atraídos a la pandilla con dinero para que lo gasten y lo disfruten o con artículos atractivos como zapatillas deportivas de moda. Sin embargo, finalmente, todo el dinero regresa al traficante de drogas o al jefe de la pandilla. La mentalidad de la pandilla es más fuerte que la familia biológica. Así, me di cuenta de que hermanos de un mismo país, que pertenecían a diferentes pandillas, se peleaban unos contra otros en las calles. Yo sabía que algo estaba mal en esos comportamientos. Sin embargo, cosa curiosa, en prisión, los miembros de las pandillas a menudo se llevan mejor de lo que lo hacen en el exterior, ya que allí son separados únicamente por su raza. En este sentido, una vez que ingresas a una pandilla, es casi imposible salir.

Weapons voluntarily turned in by gang members in a Slavadoran prison

 

En 1996, fui arrestado debido a un problema con la policía en California. Me involucré en un mal negocio al alquilar tres habitaciones en mi casa a unas chicas que trabajaban como prostitutas. La Policía, que las estaba investigando, asumió que yo era su proxeneta y me llevaron a la cárcel. Yo no lo era; yo solo les alquila las habitaciones. Pude salir en libertad bajo fianza y aunque se suponía que debía presentarme en la corte cada cierto tiempo, no lo hice pues me asusté y huí al otro lado de la frontera, porque sabía que no podía pagar los gastos legales para demostrar mi inocencia.

Durante ese tiempo, mantenía una relación con una joven con quien había procreado un hijo. Yo los amaba tanto a ella como a él. Entonces, los dos me acompañaron de regreso a El Salvador. Sin embargo, poco tiempo después, ella no se sentía segura a mi lado en este país, así que decidió llevarse a nuestro hijo y regresar a los EE. UU. Nunca volví a saber nada más de los dos. Ellos son ciudadanos estadounidenses. Por esta razón, todavía tengo muchas cosas sin resolver con respecto a esa relación.

Incluso después de regresar a El Salvador, yo continué perteneciendo a la pandilla y comencé a reclutar niñospara que se unieran a ellas. Tenía dinero suficiente para comprar mi propio camión y trabajar en toda Centroamérica transportando distintos tipos de mercadería, como detergentes, gaseosas y otros artículos. Entonces, un día tuve uno de los muchos encuentros cercanos con la muerte, mientras realizaba una entrega.

En 1999, yo realizaba una entrega en mi camión de Guatemala a El Salvador. Mi hermano estaba conduciendo. En ese entonces, yo mantenía una nueva relación con una joven que se encontraba embarazada. La había llevado para que me acompañara en el viaje a Guatemala porque ella nunca había estado allí. En el camino de regreso, una camioneta se puso delante de nosotros, lo que obligó a mi hermano a detener nuestro vehículo, mientras que una segunda camioneta se paraba a nuestro lado. Cinco personas armadas con rifles salieron de la camioneta y nos hicieron parar y abrir las puertas. Se metieron en la cabina del camión, nos golpearon en la cabeza y tomaron el control del vehículo. Entonces, nos obligaron a quedarnos en la parte posterior de la cabina y condujeron el camión por alrededor de cinco kilómetros. Luego, nos hicieron caminar como un kilómetro dentro de un cafetal. Una vez, allí, un grupo de estos delincuentes se llevó mi camión, mientras que otros dos se quedaron cavando una zanja grande en el suelo. Entonces, alrededor de las 3:00 p. m., nos metieron en ese hoyo, nos cubrieron con tierra y se marcharon dejándonos por muertos. Más tarde, un torrencial aguacero comenzó a caer; llovió toda la noche y creímos que íbamos a morir enterrados. Lentamente, aproximadamente desde las 6:00 p. m. hastalas 11:00 p. m., empezamos a desenterrarnos para poder salir del agujero. Finalmente, pudimos escapar y caminamos hacia la carretera donde encontramos gente que nos ayudó a llegar a la estación de policía para presentar la denuncia. Nunca encontraron el camión. Ese incidente cambió mi vida radicalmente porque ese negocio era mi sustento de vida. No sabía hacer ninguna otra cosa para subsistir, pues también en los EE. UU. yo únicamente había sido conductor de camiones. En esas circunstancias, debía dinero de la renta de la casa en San Salvador, por lo que mi mujer y yo terminamos por regresar con mis padres, mientras esperábamos que naciera nuestro bebé. Me sentía mal e impotente.

He tenido otros incidentes peligrosos en mi vida, pero de alguna manera siempre he escapado a salvo. Una vez, me hirieron en mi mano con un cuchillo en una pelea callejera en Los Ángeles y terminé en el hospital. En 1997, me dispararon dos veces pero las heridas en mi estómago y mi pierna eran superficiales pues, cuando mis atacantes iban a volver a cargar el arma, tuve la oportunidad de huir. Estos incidentes estaban relacionados con miembros de mi propia pandilla ya que me consideraban una amenaza que podría arrebatarles su poder. El primer incidente, se inició como una pelea a puñetazos que se salió fuera de control. Perdí mucha sangre; no recuerdo nada pues estuve inconsciente durante cinco horas. Luego, cuando desperté me encontraba en el quirófano de un hospital.

Otro encuentro cercano me sucedió en 1992, en un accidente de tráfico, cuando impacté con una carreta tirada por bueyes que yo no vi venir en una curva de la carretera. Maté a los animales y envié al carretero al hospital. Como resultado de este accidente tuve que pasar tres días en la cárcel y pedir dinero prestado para poder cubrir el costo de los dos bueyes así como también los gastos médicos del hombre.

Es así que, después de esos acontecimientos, mi vida comenzó a hundirse dentro de una espiral vertiginosa, que involucró el consumo de drogas y los excesos con el licor. De este modo, me convertí en un alcohólico. Fue un momento muy malo para mí ya que pasaba ebrio durante ocho días seguidos y sentía que mi vida había terminado. Realmente pensé que iba a morir. Mi mente estaba muy confundida, lo que me provocaba alucinaciones de diablos y demonios. A veces sentía como si el aire faltara en mi cuerpo; como si fuera veneno. En estas condiciones, no tenía ni la energía ni la motivación para vivir. Entonces, continué viviendo de esta manera hasta el año 2002, cuando me cansé de esta vida dedicada a la bebida y a las drogas; fue en ese momento cuando empecé a pensar de nuevo en Dios. A pesar de que había sido criado en la fe, de conocer sus Mandamientos y de creer en Dios, cuando tenía dieciocho años y vivía por mi cuenta, me olvidé de Él y de sus Mandamientos. Nunca pensé en quitarme la vida, porque cuando yo era un niño pequeño, tal vez de siete años, mi madre solía llevarme siempre a la Iglesia, donde comencé a aprender sobre Jesús y a entender que no debíamos terminar con nuestra vida. Sin embargo, yo sí me daba cuenta de que estaba acabando con mi vida poco a poco, pues constantemente la exponía a situaciones peligrosas. A pesar de todo, siempre es posible encontrar ayuda y una solución para todas las dificultades. En este sentido, una de las instituciones de apoyo disponibles es la Asociación de Alcohólicos Anónimos (AA), donde yo también acudí y me beneficié de sus actividades. Por esta razón, me gustaría que los consejeros o pastores la promovieran más y que alentaran a quienes necesitan de su ayuda a acudir a ella. Sin embargo, para conseguir un verdadero beneficio, es importante que el alcohólico reconozca su problema y manifieste su voluntad personal por participar en sus programas.

Es así que cuando las cosas se pusieron muy mal para mí en el año 2002, me di cuenta de que Dios estaba todavía allí; que no me había abandonado y que era el único que podía ayudarme. Entonces, le pedí a un amigo que me llevara con una mujer cristiana que era diferente de las demás personas –alguien con un espíritu especial que le permitía orar por sus semejantes. Ella se encontraba imponiendo sus manos sobre la gente y, de repente, yo sentí la necesidad de cambiar. Cuando ella puso sus manos sobre mí, me dijo que yo tenía que orar a Dios todos los días y que debía cambiar mi forma de pensar; ese fue el último día en el que yo bebí la última gota de alcohol. Fue en octubre de 2002, cuando Dios me sacó de ese hoyo profundo y abrió mi corazón.

Fue en ese punto donde las cosas comenzaron a cambiar para mí y me di cuenta de que la vida es un proceso. Yo soy responsable de cambiar las cosas en mi vida con la ayuda de Dios. Si guardo malos sentimientos, debo cambiarlos para sentir paz. Sé que hay muchas cosas por hacer, pero aún estoy dispuesto a trabajar por ellas todos los días, con el fin de ayudar a la gente, a mi país, a mi familia y para ayudarme a mí mismo. Siento que el Espíritu Santo en nuestra vida es un gran poder en el que no siempre reparamos. Un regalo que tengo es la capacidad de hablar sobre mi vida y mostrar cómo estoy cambiando. Algunas personas no tienen esperanza. Por eso, quiero mostrarles que pueden cambiar y conseguirla. Yo estoy viviendo esa esperanza. En la actualidad, tomo mi vida de una manera muy positiva.

Los resultados no se han manifestado sólo dentro de mí, sino también en la forma diferente en la que las demás personas me tratan ahora. Una vez conseguí un trabajo en una oficina pública dedicada a la compra de materiales. Era un trabajo importante, pero cuando el nuevo partido político llegó al poder, lo perdí. Sin embargo, sé que la gente cree en mí, que confía en mí. Así, algunas personas me ofrecen oportunidades de empleo. Por esta razón, aprendí a realizar instalaciones eléctricas y trabajos para la construcción. De la misma manera, gracias a mi hermano mayor, aprendí las técnicas de soldadura de hierro, por lo que actualmente me dedico a este trabajo. La gente en la comunidad conoce mis habilidades y me buscan cuando me necesitan. Estoy muy agradecido con ellos.

 

Mi familia está feliz por la forma en la que estoy viviendo ahora. Actualmente, tengo una verdadera familia. Para mí la vida es tener una familia, tener alguien con quien hablar y a quien proteger. Tengo también familiares en los EE. UU. que envían dinero para mantener a sus esposas e hijos. Sin embargo, yo no quiero vivir en otro país y enviar únicamente remesas. Ese no es el estilo de vida que yo quiero. Me encanta estar aquí, rodeado de mi familia. Durante los últimos doce años, he mantenido una relación estable con mi compañera, Fátima, con quien me casé hace seis meses. Ella fue quien me acompañó durante esos cuatro años tan difíciles y ahora llevamos una buena vida. Tenemos dos hijos: un varón, José; y una niña, Josselin. Entre otras cosas, con ellos hablo abiertamente sobre mi vida pasada en la pandilla y admito que era un irresponsable y que tomé malas decisiones. Evito también a las personas que beben, para no caer en la tentación.

La persona que más admiro es mi padre, porque siempre ha sido un hombre responsable y muy trabajador. Pasó toda su vida cultivando café en una finca de propiedad de otra persona. Cuando éramos pequeños, aún niños, le ayudábamos con la cosecha del maíz y del frijol. Además, en esa misma época, él siempre nos animaba a continuar con nuestra educación. Ahora, a sus sesenta y ocho años, todavía cultiva maíz y café en una pequeña parcela de terreno de aproximadamente una manzana de extensión, equivalente a unos 900 m2. En esta propiedad, produce lo suficiente para él y para mi madre. Mi mamá tiene setenta y seis años de edad y utiliza remedios naturales para aliviar sus dolencias, como sus dolores de cabeza. Tuvo que ser difícil para ellos ver cómo llevaba yo mi vida, especialmente porque mi padre era pastor de una Iglesia. Cuando se jubiló, recibió por única vez una pensión de US$ 4000. Ellos siempre mantuvieron su fe en mí y creían que lograría superar mis dificultades.

Yo no quiero volver nunca a mi vida pasada dentro de una pandilla. Algunos de mis antiguos amigos pandilleros han sido deportados; unos cuantos están en prisión y nunca saldrán de allí. Otros se encuentran permanentemente discapacitados como consecuencia de las heridas que recibieron en las peleas. Muchos de ellos están contentos de que yo me haya levantado y desearían poder hacerlo también. Ahora soy libre de ir y venir en las calles y de hacer lo que yo quiera. Me siento mejor y no siento odio ni tengo enemigos. Actualmente, me encuentro mucho más saludable.

Hace un año volví a formar parte de la Iglesia y fui bautizado. Ahora procuro ser un amigo comprometido que ayuda a aquellos que lo necesitan. Mi esposa, mis hijos y yo nos congregamos en una pequeña iglesia de aproximadamente ochenta personas. Allí, canto y toco la guitarra como parte de un pequeño grupo de cinco miembros. Yo en realidad aprendí a tocarla mientras, siendo un niño, observaba a mi hermano en sus clases de música. En este aspecto, prefiero las alabanzas conocidas, sencillas y tradicionales de la Iglesia, aunque también me gustan las canciones clásicas de los años sesenta. Me gusta esta actividad pues es relajante y agradable para mí y la hago por diversión. Antes solía jugar al fútbol, pero ahora no tengo mucho tiempo para hacerlo.

Las cosas están mejorando en mi país, pero podrían mejorar más. Por ejemplo, nuestra escuela primaria local tiene muchos equipos nuevos, pero las autoridades responsables son incapaces de contratar un profesor que les enseñe a los niños cómo usarlos, por lo que solamente terminan observando que están allí. En la escuela también se enseña inglés desde el séptimo grado. Esto es muy importante para los jóvenes ya que, luego, les permite conseguir trabajo en los bares y restaurantes. Por desgracia, muchos niños abandonan su educación antes de llegar a ese nivel. Personalmente, me gustaría disponer de un sistema organizado que se preocupara de cada ser humano como su responsabilidad.

Early morning on Main St. in a small town

Los pobres necesitan mucha atención en cuanto a la satisfacción de sus necesidades básicas en alimentación, vestido y vivienda. En pleno 2011, esta situación es inaceptable, ya que se podría esperar que esto ocurriera en algunas zonas remotas de África pero no aquí. La gente necesita condiciones y oportunidades. Muchas veces los que lo tienen todo se olvidan de aquellos que no tienen nada. Inmediatamente se descuidan en ofrecer oportunidades a los que no las tienen. Alguien debe preocuparse de aquellos que no tienen voz; mi sueño es por ellos – los desposeídos. Mi sueño para mi país sería ver el fin de las injusticias. Conozco personalmente a muchas personas pobres con tres o cuatro hijos que no tienen suficiente comida para ofrecerles ese día. Quiero ver ese cambio y participar en él. Además, como empleado del gobierno local, fui testigo de cómo se financiaban muchos proyectos, pero nunca se implementaron porque los fondos se desviaban a otros propósitos. Muchas personas, aunque tienen la preparación, todavía no tienen la oportunidad de desempeñarse en puestos de trabajo relacionados con sus respectivos campos de especialización aquí en nuestro país.

Mi sueño personal es tener una buena salud para poder cuidar a mi familia. Los ojos de un soldador solo durarán unos veinte años. Sin embargo, quiero mantener una energía positiva para ellos. Espero poder enseñar a otros sobre cómo cambiar sus vidas y ser un instrumento de Dios. Yo creo que Dios me ha dado respuestas para cambiar mi vida y así poder ayudar a otros a hacer lo mismo. Ahorapuedo sentir que su gran poder que me rodea. Creo que mis dones están destinados para ayudar a aquellos que parecen haber renunciado a la esperanza de encontrarse a sí mismos. Ahora tengo paz interior.

Nota del editor. Santiago compartió un par de experiencias que él vivió mientras estuvo dentro de la pandilla. Estas experiencias ilustran la orientación de la conciencia moral que él estaba desarrollando. Cada una de ellas es una prueba de valor que iba fortaleciendo sus convicciones cristianas antes de tomar la decisión de dejar la pandilla.

Un día, un amigo mío tenía una pistola en sus manos. Estaba decidido a dispararle un joven. Yo no encontraba ningún motivo para que el chico muriera. Así que decidí intervenir para evitar que esa muerte ocurriera. Me paré, entonces, entre la pistola y el joven. Sí, mi amigo podría haberme disparado con su arma por interferir con su plan, convirtiéndome a su vez en la víctima. Sin embargo, yo confiaba en que mi amigo NO me dispararía. Fue suficiente ese momento de vacilación para permitir que el chico escapara.

En otra ocasión, una arma apuntaba directamente a mi sien. En ese instante supe que mi vida podía terminar. Sin embargo, algo dentro de mí asumió el control y, en lugar de acobardarme a causa de una muerte segura, me enfrenté a mi potencial agresor diciéndole: “Si Jesús quiere que tú me dispares, adelante. ¡Hazlo!”. Milagrosamente, las manos de este chico comenzaron a temblar tan violentamente que perdió el control hasta el punto de que la pistola se le cayó al suelo.

Responder frente a estos incidentes como Santiago lo hizo implica mucho valor. Por otra parte, abandonar la pandilla y el alcohol, solo lo consiguió al tomar la decisión de caminar con Dios.

 

 

 

 

 

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