Jonathan Hernandez – Spanish Version

Jonathan Oswaldo Tobar Hernández

“Proceres Hernández”

“Ahora cuando le paso a alguien pienso, tal vez esa es una persona que ayudé, y no tal vez es una persona que dañé.”

Nota del editor: En Enero 2015 Jenna Knapp (una gran amiga de Jonathan que laboró muchos años en El Salvador) nos presentó a Jonathan para que lo entrevistáramos porque estaba convencida que su historia tiene que ser preservada y compartida con el público.

Nosotros sabíamos que, como cualquier miembro retirado de la pandilla, el corría peligro constantemente por los tatuajes que le identificaba con la pandilla, los cuales no siempre pudo esconder. Corría peligro por su propia pandilla, por la pandilla contraria, y por la policía que suele acosar a cualquier persona que sospechan estar vinculada con la pandilla.  Queríamos compartir su historia y a la vez proteger su identidad. Jenna le preguntó cual nombre ficticio quisiera usar y escogió Próceres Hernández. 

Nos dimos cuenta el 8 de agosto, 2015, que lo habían matado a Jonathan el viernes 7 de agosto a las 6pm mientras él esperaba en la parada de buses en el centro de San Salvador.

Esta es su historia original, escrita después de nuestra entrevista con él en enero de 2015.

Cuando conocimos a Jonathan, acompañado por su bella novia, bromeamos con él, diciéndole que él es como los gatos que tienen nueve vidas, según el dicho. Una semana antes de la entrevista, él fue atropellado por un bus, y pensamos que no lo íbamos a poder entrevistar. No fue así. Jonathan estaba decidido hacer realidad la entrevista, y llegó patojiando y con una mirada de dolor. En el transcurso de la entrevista, descubrimos que ese incidente no fue nada en comparación a lo que Jonathan había experimentado y sobrellevado en sus pocos años de vida.

Contexto: En El Salvador dos pandillas rivales dominan ciertas zonas, 18th Street (Barrio 18) and MS-13 (Mara Salvatrucha). Ambas tienen sus raíces en Los Angeles. En los años 80 muchos jóvenes se huyeron de la guerra y se fueron para Los Angeles donde se encontraron como los inmigrantes más vulnerables. Muchos se juntaron a las pandillas por protección. Aunque fueron jóvenes muy talentosos buscando un buen futuro lejos de la violencia de El Salvador, muchos de ellos fueron deportados por su involucramiento (o sospecho de involucramiento) con las pandillas. Fueron nombrados “terroristas” por la ley de 1986, llamada, California ley de la ejecución de protección de terroristas de la calle (California Street Terrorism Enforcement Protection Act). Las pandillas crecieron rápido en El Salvador, dado a los altos niveles de desempleo, armas de fuego abundantes, y traumas no sanadas. Los jefes de las pandillas en L.A. coordinan sus actividades en México y Centro América. Las pandillas son exitosas y proliferan porque acogen a jóvenes buscando familias sustitutas, y cuando uno se mete en la pandilla, es muy difícil salirse.

Andrea, Jonathan, and Jenna who serves as our translator

Andrea, Jonathan, and Jenna who serves as our translator

La historia de Jonathan:

Yo creo que nuestro enfoque en este país debería de ser los niños. Yo quisiera ver espacios donde podrían aprender cosas positivas y aprender habilidades vocacionales como obras de metal o carpintería. Ahorita los niños que crecen en comunidades urbanas salen y lo primero que ven son los pandilleros. Se ponen curiosos y luego se involucran. Así me pasó a mi. Cada quien tiene una razón distinta por meterse en la pandilla. Algunos se meten para escapar el abuso de sus papás. Otros se meten para vengar la muerte de un ser querido. Muchos se meten buscando apoyo porque son vulnerables y buscan pertenecer a algo y la pandilla les ofrece amor y rigor; es como una segunda mamá.

De chiquito, yo le ayudaba a mi mamá vender dulces y otras cosas en un parque del centro de San Salvador. Allí es donde empecé a vasilar con la pandilla cuando tenía 12 años. Mi tío intentó llevarme a su casa para que me alejara de todo eso, pero volví al parque y me involucré con la pandilla. Mi papá fue alcohólico.  Se ahorcó cuando yo tenía 15 años.

Cuando tenía 14 años me detuvieron en un centro de reinserción porque sospecharon que estaba involucrado en un homicidio que ocurrió (no tenía algo que ver con la pandilla, sino era un asunto de venganza personal y los involucrados estaban muy tomados). El agente de seguridad anunció que tenía visita y me emocioné pensando que era mi novia que estaba embarazada, pero era mi mamá. Cuando la vi en el área de visita, la abracé y empecé a chillar en su pecho pidiéndole perdón por todas las cosas malas que había hecho. Ella siempre me había dicho que no me iba a visitar en la cárcel. Traía una pequeña porción de pollo y arroz y tres tortillas.

En el transcurso de la visita un amigo se me acercó y me contó noticias terribles. Alguien de la pandilla contraria había matado a mi novia por castigo porque uno de sus novios anteriores había volteado de una pandilla a la otra. A mi novia le dispararon en la boca, le tiraron una gran piedra en la cara, le cortaron la panza para sacar a nuestro hijo, y le dispararon en la panza. Le dije a mi mamá que se fuera cuando me contaron eso, y ella me pidió que no me fuera a enloquecer. Lo único que podía hacer era acostarme en mi catre [cama] y llorar. Esa noche decidí brincarme a la pandilla. El día siguiente el palabrero me dio permiso de brincarme y cuatro homeboys me golpearon y me dieron mi taca [apodo].

Youth in prison. Courtesy Rev. Brian Rude

Youth in prison.
Courtesy Rev. Brian Rude

A los cuatro días me soltaron del centro y regresé a la calle. Allí cometí mi primer homicidio como parte de mi introducción a la pandilla. Mi hermano (también era homeboy) estaba conmigo. Empezamos a tomar mucho, y cuando regresamos a casa el siguiente día, estábamos llenos de sangre. Nuestros familiares nos preguntaron que había pasado, pero no les dijimos. Con tiempo, iba subiendo dentro de la pandilla y llegué a ser líder de mi clica.

Yo nunca estaba involucrado en reclutar niños a la pandilla. Sino, como los mismos niños ven los pandilleros y buscan apoyo; los que no tienen papás; los que son muy vulnerables y pasan mucho tiempo solos. Ellos idolatran a los pandilleros. Si un niño ve que los pandilleros andan bien vestidos, el también quiere andar así.

Policías corruptos, diputados, y los del sistema judicial están involucrados en las pandillas y se lucran mucho de ellos. Muchas veces los policías agarran a pandilleros, les amarran, y les tiran en zona de la pandilla contraria. Eso me pasó a mi varias veces. Ni investigan a los policías que matan en su trabajo.

Un día en la disco decidí no tomar y me fui con un amigo, Eduardo, a la casa destroyer de la pandilla. En el camino un chero Giovanni nos ofreció dos armas de 9 mm pero le dijimos que no las queríamos y seguimos caminando. Al rato un carro nos empezó a seguir y los que andaban allí nos rifaron como si fueron de nuestra pandilla y nos preguntaron, “que ondas?” No les respondimos y sacaron una 45mm y la descargaron. Huimos y nos escondimos en un bar para revisarnos y ver si nos habían pegado. Luego volvimos a la calle para recoger las balas y le dimos gracias a Dios que habíamos sobrevividos. El siguiente día alguien de la pandilla contraria que nos había atacado llegó a nuestra casa bien bolo. Lo metimos en el carro y lo llevamos a otra zona para matarlo. Me arrestaron por ese homicidio.

Cuando me soltaron de la cárcel, pasé dos años afuera y luego los policías empezaron a arrestar a cualquier persona que estaba reunida en grupo. Me agarraron por agrupaciones ilícitas cuando tenía 16 años. Estando detenido, me sentenciaron por un homicidio que no hice y me mandaron a un centro de detención juvenil. Cuando cumplí los 18 años pedí traslado para Ilobasco para poder reunirme con mis carnales de mi pandilla. Eduardo pidió trasladó conmigo.

Al inicio, participé en los talleres que ofrecían en el centro, como panadería y corte y confección, pero luego me deprimí y dejé de asistir. Luego volví a asistir y hasta terminé mi primer año de bachillerato aunque la educación dentro del centro no era muy buena.

Mi vida cambió totalmente a las 4:45am el día 10 de noviembre, 2010. Hubo un incendió en nuestra celda por un circuito corto y todos gritamos pidiendo auxilio. Los agentes de seguridad no nos dejaron salir por 33 minutos. A estas alturas nosotros estábamos guindados del techo queriendo respirar aire puro y otros habían metido la cabeza en pilas de agua buscando oxígeno. Empezaron a caer como zancudos uno por uno. Muchos de mis carnales se quemaron y 27 de ellos se murieron. Mi amigo Juan Carlos se murió.

Yo caí y se cayeron 16 encima de mi que se murieron. Yo me había muerto y me llevaron a la morgue pero estando en la morgue me reviví. Con las pocas fuerzas que tenía me levanté y empecé a tocar duro en la puerta. Tenía mucho frío. La enfermera se asustó y me preguntó “¿Qué haces?” Yo le dije que no sabía. Le dio miedo al darse cuenta que yo era uno de los muertos que habían entrado y se desmayó.

Burn victim from Ilobasco prison. This picture of unknown origin.

Burn victim from Ilobasco prison.
This picture of unknown origin.

Me sacaron en una camita y curaron mis quemaduras. Me dormí y amanecí a las 11am. Ese mismo día los del hospital me devolvieron al centro de detención. Los de derechos humanos llegaron al centro y me pidieron que les ayudara identificar los restos de los jóvenes, a cambio de una llamada de 5 minutos. Les acepté porque había pasado tanto tiempo con mis amigos que conocía cada detalle, cada tatuaje, y cada cicatriz de sus cuerpos. El último cuerpo me costó identificar porque estaba muy, muy quemado.

A los dos días me trajeron de vuelta al hospital porque tenía Hepatitis A y anemia. Me querían dar transfusiones de sangre y a mi mamá le tocó buscar donantes. Le pedí a Dios que me dejara vivir porque no quería irme de este mundo tan rápido. En el transcurso del día, iba mejorando poco a poco. Después de dos días, me dieron permiso para recuperarme en la casa por 15 días y luego me trajeron de vuelta al centro de detención.

Los de los medios de comunicación se dieron gusto con el tema del incendio. Su actitud era más que nada, “Que se quemen todos. A nadie le importa la vida de los presos, muchos menos de los pandilleros.” Como sobreviviente de ese incendio, me sentí mal que a todos les valían esa tragedia.  Yo no desearía nada malo hacía una persona. Todos somos seres humanos y todos cometemos errores. Duele mucho ver a las personas morir.

No nos sorprendió el incendió en el centro de Ilobasco porque ya esperábamos una tragedia así. El sistema eléctrico ya no servía y sabíamos que tarde o temprano habría un incendio. Se puede decir que el incendio era intencional de parte del sistema porque ellos sabían las condiciones dentro del centro pero nunca arreglaron los alambres eléctricos. Las cárceles están muy sobrepobladas. Nosotros vivíamos 43 en una celda. En cuanto a las condiciones, habían colchonetas, pero muchos dormían en el suelo. Había un hoyo en el suelo para el baño. Enfermedades de la piel afectaban a muchos internos. Muchas veces nos negaban atención medica. De día nos cortaban el agua entonces no podíamos bañarnos ni lavar nuestra ropa. No nos daban productos higiénicos, sino dependíamos de la visita que nos trajeran estas cosas, si es que teníamos visita. Cuando yo llegue a la cárcel, nos dejaban jugar fútbol por la tarde pero cuando la pandilla se dividió, los agentes de seguridad nos dejaban en las celdas 24 horas al día. Después del incendio, no nos daban ningún tipo de terapia ni en grupo ni a nivel personal aunque habíamos sido traumados mientras nuestros amigos se quemaron frente a nosotros. Mientras estaba detenido, mi motivación era vivir por mi familia y mi hijo.

Yo empecé a observar que a muchos de mis amigos los estaban matando y me cansé de la dinámica de las pandillas. A veces hasta mataban a personas de la misma pandilla de uno. Me pidieron que matara a miembros de mi propia pandilla pero no acepté. Preferí que me golpearan ellos por no cumplir. Me valía lo que decían de mi. Decidí que iba a calmarme y dedicar mi vida a mi familia, aunque mi papá ya no estaba. Le agradecía a Dios porque todavía estaba con vida y podía gozar de mi vida con mi familia. Algunos dicen que las personas nunca cambian, pero yo sabía que podía cambiarme y cambiar mi vida.

Cuando me soltaron de detención, volví a la pandilla por un tiempito. Ya tenía otra mentalidad y no quería seguir sufriendo dentro de la pandilla. Les dije que ya no quería seguir. Me llevaron a una comunidad y me golpearon por 36 segundos. Me dijeron que me podía calmar y que cuando yo quería siempre podía volver a activarme. Así fue que me calmé. Cuando pedí permiso para calmarme, confiaba que me la iban a dar porque ya había hecho muchas cosas por ellos y hasta llegué a ser líder y había pasado tiempo preso, etc.

Jonathan & Andrea in a happier moment

Jonathan & Andrea in a happier moment

Al calmarme de la pandilla, quería hallar un trabajo para ayudar a mi familia económicamente, pero es muy difícil hallar trabajo cuando uno esta tatuado. Mi tía me invito participar en un grupo Cristiano con ella. Al principio no quería ir, pero empecé asistir a las reuniones y acepté a Dios. Uno de los lideres del grupo me ofreció trabajo en una bodega de una tienda de ropa usada. Me explicó que allí trabajaban varios con historias parecidas a la mía. Estaba contento tener un trabajo y empecé a formar amistades con los que trabajaban allí; éramos como una familia. Allí conocí a Andrea, mi novia, quien trabajó en el mismo negocio pero en otra sede.

Había estado trabajando allí por un año cuando la policía me agarró acusándome de haber robado un bus. Gracias a Dios les podía mostrar mis papeles que constaban que había estado trabajando a la hora del robo. Estaba detenido por un mes mientras peleaba mi caso. Al salir mi jefe me dejo seguir trabajando. El 15 de septiembre fui a recoger mi pago del banco y al salir del banco dos hombres se me acercaron pidiéndome dinero. Les dije que necesitaba mi dinero para mi familia. Se enojaron y me apuñalaron en el cuello, el corazón, la espalda, la cara, y los pulmones y me dejaron por muerto en la calle. Agarré un taxi que me llevó al Hospital Rosales. Estaba muy mareado y las enfermeras me preguntaron si estaba solo y les dije que sí. Me dijeron que no me podían operar si no había nadie más conmigo. El taxista dijo que se iba a hacer responsable de mi. Los doctores insertaron dos tubos en mis pulmones y hicieron una exploración del cuello. Pasé una semana en el hospital.

Pasé 15 días recuperándome en el hospital. Estaba aburrido y volví al trabajo pero no podía pasar mucho tiempo parado entonces volví a la casa para descansar por una semana más. Volví al trabajo. El 31 de octubre mi mamá se desapareció y nadie me quería decir nada. La hallaron muerta. Su esposo la había matado, y como nadie había identificado el cuerpo, la iban a enterrar en un cementerio común donde no íbamos a saber donde había quedado. Sentía grandes ganas de vengar su muerte pero le había prometido a Dios que jamás fuera a vengar entonces no podía romper esa promesa y no le hice hada a ese hombre. La enterramos a mi madre en un lugar digno.

Me acompañe con Andrea aunque muchas personas le decían que no anduviera conmigo por mi pasado. Gracias a Dios, aun así se quedó conmigo. Nos hemos movido varias veces porque la pandilla me presiona porque quieren que me reactive. Yo seguí trabajando en la bodega hasta que me enfermé y Andrea me llevó al hospital; perdí un día de trabajo. Luego mi hermano se enojó conmigo y él y mi padrastro me golpearon. Estuve 15 días en casa recuperándome de los golpes, pero al regresar al trabajo, me echaron aunque tenia el papel de incapacidad que me dieron en el hospital. Luego, el 1 de enero de este año, me atropelló un bus. Me aplastó el pie y me quebró la mano, pero aun así estoy aquí.

Ahora puedo sentir muchas cosas que no sentía cuando estaba en la pandilla. Aunque quería mucho a mis homeboys como si fueran mi hermanos, nadie reemplaza a la familia. Uno goza más de la vida cuando la vive tranquilamente, sin problemas. No puedo salir, pero con tal de que sé que tengo a la familia cerca, es suficiente. Sigo luchando todos los días. La mamá de mi hijo es muy problemática y puede ser violenta y exigente. No me deja ser parte de la vida de mi hijo. (En El Salvador muchas veces no dejan que los privados de libertad asienten a sus hijos en la alcaldía. Así pasó con el hijo de Jonathan, quien nació mientras él estaba preso, entonces Jonathan no tiene derechos legales a su hijo.)

Andrea perdió su trabajo también, porque es prohibido que los empleados de la empresa anden de novios, aunque trabajábamos en distintas sedes. Cuando se dieron cuenta que andábamos de novios, le quitaron el trabajo a ella. Es muy difícil hallar trabajo. Si yo me quitara los tatuajes que ando, los de mi pandilla me mataran. Si voy a una entrevista de trabajo, siempre me preguntan si tengo tatuajes, y hasta me pueden pedir que me quite la camisa o hacer un polígrafo. Eso lo hacen en cualquier entrevista aun para trabajos mal pagados. No tengo motivación de seguir estudiando después del noveno grado porque aunque logre tener un alto nivel del estudio, no me van a dar trabajo.

Yo estuve en un programa patrocinado por US-AID que se llama Jóvenes Constructores. El programa, diseñado para jóvenes en situaciones de riesgo, no aceptaba jóvenes que habían estado detenidos por “cuestiones de seguridad,” pero como yo no les conté que había estado preso, me aceptaron a mi. Sin embargo, no me pudieron colocar en un trabajo después del programa por mis tatuajes. Ahora el programa ya no existe porque se acabaron los fondos.

Yo les aconsejo a los jóvenes que piensen bien antes de meterse en una pandilla. Ese no es un juego. Un amigo mío me pidió consejos antes de meterse en la pandilla y le dije que no se metiera. Cuando él vio que iba a ser muy difícil estar en la pandilla, pidió salirse, pero como ya lo habían brincado y tatuado, ya no puede volver a ser civil. Los tres puntos que nos tatuamos significan nuestro destino: el hospital, la cárcel, o el cementerio. La pandilla es como una familia y uno los llega a querer mucho pero luego te toca verlos morir uno por uno y despedirte de ellos. Causa mucho dolor. Meterse en una pandilla es fácil pero salirse es muy difícil. Y por fin, ¿para que pelea la pandilla? Para nada. Dicen que pelean por territorio, pero el territorio se queda allí y nosotros somos los que nos morimos.

Andrea y yo hemos seguido asistiendo las reuniones cristianas en el Christian Mission ELEM. Es como una segunda familia. Nos apoya mucho y nos sentimos libres de compartir nuestras alegrías y tristezas allí. Nos apoyan mucho emocionalmente aunque son pobres igual que uno.

Lo que me anima a mi es saber que hay personas que me quieren. Tengo personas muy positivas en mi vida y aspiro ser como ellos. Primero Dios hallaré un trabajo y luego me casaré con Andrea. Esperamos tener una familia si Dios lo permite. Dios sabe que he cambiado, y me ama mucho. Ahora, cuando le pasó a alguien por la calle pienso, tal vez esa es una persona que ayudé, y no una persona que dañé. Eso me da esperanza para seguir adelante.

Nota del editor: Escuchar tantas historias tristes como la de Jonathan en El Salvador me afecta mucho y siento que tiembla hasta mi alma al escuchar estos testimonios. ¿Cómo sobrevivió tantas situaciones terribles en su vida sin enojo y venganza? ¿Cómo sobrevivió sin apoyo psicosocial?

Al contar su historia, su lenguaje cambia cuando habla de la vida fuera de la pandilla y menciona frases como “Si Dios quiere” y “Primero Dios.” Es evidente que ha aceptado a Dios en su vida y se deja que Dios le guíe.

Jonathan habla muy suave y es muy arrepentido por lo malo que ha hecho. Él merece ser miembro productivo de la sociedad y quiere vivir una vida “normal.” Es muy practico y tiene metas claras. Quiere agarrar trabajo y casarse con su bella novia y empezar una familia. Tiene muchos talentos inclusive corte y confección y quiere usar estos talentos. Sin embargo, empleadores no lo contractaran por sus tatuajes. Es como si tuviera una sentencia de vida que no lo permite vivir. Que puede hacer?

Y, que podemos hacer nosotros?

Jonathan with his son on the night before he was killed

Jonathan with his son on the night before he was killed

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Special thanks to Jenna Knapp for this Spanish translation.

Like Jenna, we also dedicate all monies from our projects to providing scholarships for the students of El Salvador.

For Scholarship information contact:

hopingforelsalvador@gmail.com

Caroline J. Sheaffer and Pastor Emeritus Donald J. Seiple

Dedicated to Preserving oral histories of the Salvadoran people.

The authors of these accounts grant permission to readers to make one copy of a story; however, please include the following statement on the copy: All materials in these stories, text and photographs, are copyrighted by Caroline J. Sheaffer and Donald J. Seiple ©2015.

Contributions

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    Saint Stephen Evangelical Lutheran Church (ELCA)
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